lunes, 8 de septiembre de 2014

«Azul casi transparente», de Ryu Murakami




—Ryu, eres un tío extraño, lo siento por ti, hasta cuando cierras los ojos tratas de ver cosas flotando. No sé muy bien cómo decirlo, pero si estás de verdad divirtiéndote, no tienes por qué pensar y buscar más cosas, ¿no tengo razón? Siempre estás intentando ver algo más, y tomar notas, como un estudiante haciendo una investigación, ¿no? O como un niño pequeño. En realidad eres como un niño. Cuando eres niño quieres verlo todo, ¿no? Los bebés miran directamente a los ojos a las personas que no conocen y ríen o lloran, pero intenta ahora mirar directamente a la gente a los ojos, te volverás majareta antes de que te des cuenta. Sólo inténtalo, trata de mirar directamente a los ojos de la gente que te cruzas, empezarán a saltársete los tornillos muy pronto, Ryu, no deberías mirar las cosas como un bebé.
(...)
»Y mientras estás en el coche, piensas muchas cosas, ¿verdad? "Cuando salí de casa no pude encontrar el filtro de mi cámara, ¿dónde habrá ido a parar? O, ¿cuál era el nombre de la actriz que vi ayer en televisión? O, el lazo de mi zapato está a punto de romperse, o qué miedo tengo de tener un accidente, o me pregunto si ya no voy a crecer más..." Piensas en un montón de cosas, ¿verdad? Y entonces esos pensamientos y las escenas que ves moviéndote con el coche se van apilando unos encima de otros.

La novela es menos poética y más cruda y explícita que esos fragmentos, pero creo que esto representa en buena medida la esencia que rige o debería regir la novela, si existe tal cosa. Es una estampa, puede que una sucesión de imágenes que crean otra más grande y aislada, una estancia, un lugar (más mental que físico) donde viven. Casi como si fuera un desgaje. Un lugar joven donde vivir el sexo y vivir las drogas y vivir el rock y a la vez no vivir en exceso casi nada, si acaso sólo su propio declive, pues se mueven en una decadencia fría, pasiva, cruda, que, sin embargo, no hace saltar las alarmas. Ahí es lo que vale. No pasa nada; parece que asistimos a esas escenas con una suerte de cámara que vaya barriendo la estancia y que presente, entonces, los hechos tal cual, sin ningún tipo de alteración ni juicios de valor. Quizá sea eso lo que haga al lector decirse qué pasa, qué hay detrás de eso o qué va a pasar luego. Pero sólo es eso, para bien o para mal. Me inclinaría a decir que para bien. El objetivo era ese: presentar así la rotura, la existencia desapegada de unos jóvenes que tienen un reducto de nada, pero reducto al fin y al cabo.
Si algo tiene que resaltar en el libro seguramente sea ese tono frío , distante, esa punzada que atraviesa a los personajes. Azul casi transparente.

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