domingo, 7 de septiembre de 2014

«Bartleby, el escribiente», de Herman Melville




I would prefer not not, I would prefer not not, I would prefer not not...

El de Bartleby es uno de esos relatos que leo y recreo con obsesión, y un relato que ha dado lugar a no sé cuántos textos y elucubraciones. Tras escribir Moby Dick, Melville aborda un brevísimo relato: llega con Bartleby y algo se remueve en los cimientos de la cultura literaria, algo que sigue dando coletazos y que tiene consecuencias no sé si a veces extremas o casi fuera de contexto. Pero no sé, quién sabe; en un relato como éste pocas cosas definitivas pueden decirse con la total convicción de estar en lo cierto.
Bartleby es distancia, desapego, ausencia, pero la indiferencia con la que (no)efectúa eso es el meollo de la cuestión. Bartleby está en esa situación, digamos, sin querer. Se niega a todo, pero no le importa. Bartleby apenas habla, apenas intercede en la acción del relato. Cada vez que el abogado que lo contrata como copista o cualquier otro personaje le pide o dice algo, Bartleby contesta con el archiconocido Preferiría no hacerlo. Tajante, directo, sin opción a nada más. Preferiría es aquí una forma cortés de negarse en redondo, y ni siquiera eso: es poco probable que Bartleby se moleste en ser cortés, en ser algo. Preferiría no hacerlo se presenta más como una fórmula que convence, que se hace familiar, propia, que se introduce en el sistema de su círculo más cercano y crea una barrera infranqueable entre Bartleby y el mundo, entre él y lo que sea que solicite un cambio en él. Bartleby se planta impasible a lo que ocurre a su alrededor. La historia corre y él mira, pero como de lejos, la ve pasar como quien ve cualquier asunto irrelevante que no va con él y que tampoco le importa. Es la negación pasiva, una negación que ni siquiera busca escapatoria o alternativa. Preferiría no hacerlo, y ya. Bartleby es, está aquí, pero se diluye, se esfuma. No actúa, ni para bien ni para mal. Sencillamente no.
Es un texto que dispara en tantas direcciones —quizá ahora lo más interesante sea ver su proyección en la modernidad, en lo contemporáneo— que acotar su campo de acción resulta casi una temeridad. Da la impresión de cualquier intento de acercarse de forma acabada no pasa de ser una tentativa, y que precisamente ahí reside el potencial del relato. Parece que dar por finalizada la búsqueda de Bartleby, o separarse de él, es, paradójicamente, una desgracia.

¡Oh, Bartleby! ¡Oh, humanidad!

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