lunes, 8 de septiembre de 2014

«Desgracia», de J. M. Coetzee



Pasan de las once de la mañana, pero Lucy no da muestras de salir. Él da vueltas por el jardín, a falta de algo mejor que hacer. Se va apoderando de él un humor gris. No es sólo que no sepa qué hacer consigo mismo. Los acontecimientos del día anterior lo han sacudido hasta lo más profundo de su ser. El temblor, la flojera son únicamente los primeros signos, los más superficiales, de la conmoción. Tiene la sensación de que, en su interior, algún órgano vital ha sufrido una magulladura, un abuso. Tal vez incluso sea el corazón. Por vez primera prueba a qué sabe el hecho de ser un viejo, estar cansado hasta los huesos, no tener esperanzas, carecer de deseos, ser indiferente al futuro. Medio derrumbado sobre una silla de plástico, en medio del pestazo que despiden las plumas de las gallinas y las manzanas medio podridas, entiende que su interés por el mundo se le escapa gota a gota. Tal vez sean precisas semanas, tal vez meses, hasta que se desangre y se quede seco del todo, pero no le cabe duda de que se desangra. Cuando haya terminado será como el despojo de una mosca prendido en una telaraña, quebradizo al tacto, más ligero que una cascarilla de arroz, listo para salir volando con un soplo de aire.


Uno empieza a leer esto y se dice que algo falla, que el curso razonable de la historia se está alterando, que hay alguna ligera violación de la verosimilitud. Más tarde llega la calma, aunque sea a medias: parece que las piezas encajan, que el desconcierto viene a cuento, que el contexto es el que es, que los personajes tienen un esquema definido. La (relativa) injusticia que al principio uno cree ver casi se suaviza luego cuando un golpe aún mayor llega. El equilibrio cambia, aunque las fuerzas no disminuyan. Es una lucha de pareceres, un choque difícilmente evitable donde a ratos cuesta ver quiénes son los buenos y quiénes los malos; más aun, cuesta ver si hay tal cosa, si hay buenos y hay malos o si realmente juegan todos en el mismo tablero y los colores están poco claros. Y ahora qué, se dice uno.
Parece que la desgracia de esta historia viene algo envenenada. El profesor Lurie, que imparte clases de literatura romántica en la universidad —quizá, no sé, pueda verse en esto y en sus investigaciones un murmullo o eco de fondo de lo que luego ocurrirá, un destello oscuro y quieto de ese romanticismo reflejado en la historia—, sale de su ciudad después de que su aventura con una alumna sea descubierta, y va entonces a ver a su hija, a refugiarse. Allí es donde tiene lugar el asalto que se instalará como una especie de depredador silencioso en la vida de Lurie y de su hija, igual también en la de otros personajes, creando reacciones e impotencias, frustraciones que parecen no tener salida posible. En Sudáfrica las cosas están cambiando, o se sufren las consecuencias del cambio ya efectivo. El lugar vital de cada uno se altera, ha de restablecerse; Lurie debe observar el entorno y valorar dónde y cómo encaja él ahí, qué puede hacer, si es que ha de hacer algo; allí las reglas del juego son sensiblemente diferentes y él no puede imponer su razón por encima de la de los otros. Vamos de abuso en abuso, de poder a poder. Más que plantear una salida o una conclusión, se plantea el dilema, el choque de fuerzas naturales. Es un conflicto. Lo que haya después, no se sabe. Ni siquiera se sabe si hay algo después.
Coetzee es tan bueno que va armando ese entramado de piezas aparentemente sin conexión, hace un llamado al lector para que éste abra los ojos y piense qué está pasando y qué puede pasar, quizá qué haría él o qué deben hacer los personajes, asunto que generalmente no tiene —al menos no una sola ni clara— solución posible.

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