lunes, 8 de septiembre de 2014

«Lanzarote», de Michel Houellebecq




Y más Houellebecq. Creo que será de esos autores a los que lea compulsivamente, si no lo es ya. Si esta pequeña novela no me dice tanto puede que sea porque funciona como síntesis parcial, quizá como un coletazo de esa visión medianamente indiferente, descarnada, cínica, casi divertida, que enarbola Houellebecq normalmente. Sea como sea, sigue siendo él, esto sigue teniendo su sello, los rasgos que menciono siguen palpitando con fuerza, y es entonces interesante. Presenta Lanzarote como ese lugar donde evadirse —cómo no— mediante la ironía, el sexo, la confirmación de ese mundo asqueado y enfermo por el que pasea y pasa de largo una vez habiéndolo habitado, habiendo extraído de él lo bueno, lo placentero. Es una especie de condenación que se acerca mucho al sabotaje interno, a saberse dentro de ese sistema (y conocer ese sistema) y jugar a placer. Quizá en Lanzarote el paisaje ruinoso pero vivo que dibuja otras veces se vea de forma más risueña, si acaso más desprovista de amargura, sin renunciar, claro, al tono habitual.
Si hay alguien capaz de retratar con cierta saña e indudable maestría el mundo contemporáneo y lo que en él se cuece, es Houellebecq.

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