viernes, 26 de septiembre de 2014

«Suicidios ejemplares», de Enrique Vila-Matas




«Viajo para conocer mi geografía», escribió un loco, a principios de siglo, en los muros de un manicomio francés. Y eso me lleva a pensar en Pessoa («Viajar, perder países») y a parafrasearlo: Viajar, perder suicidios; perderlos todos. Viajar hasta que se agoten en el libro las nobles opciones de muerte que existen.

Decir que los personajes de estos relatos tienden al suicidio creo que es una buena aproximación. Se suiciden o no, acaben o no de lleno en el abismo y sin visión, tienden a él, como a la vida, casi como por inercia, como si fuera su lugar natural, un juego, un algo en el que pensar y maquinar. Como si pensar en el suicidio fuera a veces una manera de agotarlo; de agotar, en definitiva, una posibilidad (poder suicidarse como forma de consuelo) que se mueve entre ese poder como elección y como capacidad, y quizá la capacidad efectiva de suicidarse sea más codiciada que la mera elección, que la simple posibilidad. Da la impresión de que cada movimiento les conduzca inevitablemente a dar el salto y que éste sea otro más de los muchos movimientos que conforman el conjunto; no pasa gran cosa, pues qué va a pasar, lo único que hay que tener casi en cuenta es que el suicidio sea estético, que no sea una chapuza. Lo que sí pasa y regresa para volver a su terreno es el ingenio de Vila-Matas, su dominio del relato, la (a veces resignada y alterada) ironía, las situaciones inverosímiles, las idas y venidas que llevan, como casi siempre, un único sentido. Unos suicidios que llevan el fracaso escrito en su centro, y que quizá precisamente por ello cobren relevancia y adquieran un tono mucho menos dramático y más interior, como si tuvieran así más y distintas proyecciones que los suicidios más mundanos (si cabe), más secos y crudos, sin más chispa. Aquí hay, detrás de cada caso, una duda que palpita y que puede quedar sin resolver, truncada.
La actitud al leer estos relatos se mueve entre un respeto que no llega a ser solemne y la admiración que arrancan esos fogonazos de lucidez dentro del ambiente tortuoso. Cuanto más leo a Vila-Matas más me reafirmo en eso de que es uno de los imprescindibles. Los temas que aborda y la forma en que lo hace piden a gritos que se acuda a ellos, y supongo que pasarlo por alto sería una imprudencia.

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