miércoles, 3 de diciembre de 2014

«Para Isabel. Un mandala», de Antonio Tabucchi


Se limitó a decirme: déjeme filosofar, por lo menos sobre esta última foto,, se me viene a la cabeza que alguien ha dicho que la fotografía es la muerte porque fija el instante irrepetible. Se pasó la fotografía entre los dedos, exactamente igual que si fuera un juego de naipes, y continuó: pero luego me sigo preguntando: ¿y si en cambio fuera la vida?, la vida con su inmanencia y su perentoriedad, que se deja sorprender en un instante y nos mira con sarcasmo, porque está allí, fija, inmutable, y en cambio nosotros vivimos en la mutación, y entonces pienso que la fotografía, igual que la música, capta el instante que no logramos captar, eso que hemos sido, eso que habríamos podido ser, y contra ese instante no hay nada que hacer, porque le asisten más razones que a nosotros, pero ¿razones de qué?, acaso razones del cambio de este río que fluye y que nos arrastra, y del reloj, del tiempo que nos domina y que nosotros intentamos dominar.


Parece la novela póstuma (más o menos completa, no importa demasiado) que mejor puede iluminar a Tabucchi, y parece incluso una muestra extensible al trabajo de tantos otros. Es una magnífica aproximación a la conclusión, o, mejor, al final (sea como sea, concluso o no) de una carrera, de una búsqueda. Una búsqueda llena de interrogantes, repleta de vacíos que parecen interpelarnos, aunque no quede muy claro si son ellos los que se dirigen a nosotros o nosotros los que insistimos en preguntarles, en hallar algo en ellos, en resolver un entuerto que hemos supuesto entuerto y, además, resoluble. Una búsqueda incansable que va rodeando su objetivo, acercándose a él, uniendo unos puntos y otros, conectando paisajes, construyendo la senda de una obsesión personal que de alguna forma tenía que ser recorrida y aliviada, si es que es posible.

Obsesiones recurrentes, extrañezas, sombras, memoria, fantasmas personales, imágenes evocadoras, realidad presente que se esfuma o realidad pasada inaccesible, tiempo que confunde y se confunde. Literatura. Es una persecución que a veces parece no tener muy claro su objetivo. Uno no sabe si efectivamente persigue algo o si se persigue a sí mismo, suponiendo o queriendo creer —a menudo sin convicción, sólo como excusa— que al final del camino no hay simplemente nada
   
  Escúcheme, señor Almeida, dije yo, cuéntemelo todo. Él me miró con sus ojillos claros, se sirvió otro vasito y se lo pimpló de un trago. ¿Todo el qué, preguntó. Todo, dije yo. Todo es nada, contestó él abriendo los brazos.

Tabucchi explora la historia de Isabel (desaparecida y dada por muerta) y la suya propia moviéndose mediante círculos concéntricos, intentando completar así el marco de su búsqueda. Va tras los pasos de Isabel con la certeza de que las cosas no ocurrieron como le cuentan, haciendo historia, nadando en una neblina donde confluyen realidad e imaginación y donde el tiempo se espesa y esa búsqueda obsesiva llega casi a diluirse; cae probablemente en esa no-respuesta y a la vez meta efectiva, sabida de antemano, hacia la que puso rumbo. Lo que ocurre en el exterior y lo que ocurre dentro de esos espacios mentales no coincide, hay un ligero desequilibrio que parece el motor y supone el fracaso de la búsqueda, y, así, de alguna manera, ésta llega donde tenía que llegar.
Pese a lo que pueda parecer, es una obra ligera, con cierto aire poético; una ligereza poética que va marcando el paso de la dichosa búsqueda, y que va haciendo de esta novela una pequeña gran obra, una muestra casi anecdótica de la literatura, de la memoria, de la creación. De uno mismo.

  ¿Qué significa perder los confines?, le pregunté, discúlpeme, Lise, pero me gustaría entenderlo. Ella sonrió su sonrisa lejana. Significa que el universo no tiene confines, contestó, eso es lo que significa, y por eso estoy yo aquí, porque yo también he perdido mis confines.


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