jueves, 12 de noviembre de 2015

«Acontecimiento», de Javier Moreno



   Al principio fue la frase: Si deseas que lo nuestro siga adelante tendrás que buscarte una amante. 

   Luego el trance, la reflexión, la crítica, el detenimiento, la consciencia, la observación y la puesta en valor de la vida y de las relaciones de forma distante, rápida, analítica, ácida, pasajera, modernísima. La vida sobrecargada e inmediata, la vida llena de gestos y palabras y tics que uno abre y explora para aclararlos o sentenciarlos, conceptos ligados a la vorágine.
   Además, una concesión: el protagonista, publicista afamado, acepta darle voz a Urdazi, ser su community manager. Le irá enviando por correo lo que serán sus nuevos estados de Facebook y mantendrá con él cierto tira y afloja. Alojar balas en la rodilla derecha de ciertos magnates está bien, pero falta hacerlo público, compartirlo, es esencial que la gente esté al tanto del ideario y de la estrategia terrorista. El terrorismo parece necesitar innegablemente el poder de la publicidad.

    La publicidad creando, conformando y multiplicando deseos, transmitiéndolos de unos a otros, haciéndolos pasar por propios. Que uno se sienta auténtico. Dueño de sus inclinaciones.

   Hay alguna profunda y extraña relación entre la frase y el hecho de aceptar el nuevo encargo. El impacto y el deseo —la necesidad— de experimentar, la sensación de haber llegado tarde, lo inhóspito, la tentativa, el y ahora qué, la emoción, el riesgo. El protagonista tiene que reajustar con urgencia algunas piezas de su existencia —sea lo que sea o como sea la existencia en este mundo, aquí y ahora, repensar su presente sin demora, actuar con la conciencia de una amenaza fatal. Le atenaza algo que ha sucedido sin previo aviso, aunque él se pregunta si no ha habido señales, si no hay un hilo conductor que lleve hasta aquí y que haya desatendido por descuido o inoperancia. Se mueve con agilidad, posando su mirada y su instinto en cada detalle, en cada imagen. Extrae de la realidad más mundana conclusiones incisivas, detecta e identifica señales y motivos, acciones propias de una sociedad casi enteramente virtual y de los individuos ubicados en ella, conformado todo a través de la palabra y la imagen, de las redes sociales.

   Si yo lo estoy pasando mal, parece decir entonces el narrador y protagonista frío, metódico, inteligente, algo antipático, según, no hay motivos para que los demás vean mi historia con más amabilidad o indulgencia de la que la veo yo. Así son las cosas.

   La realidad es esa multitud de conexiones y de relaciones así conformadas. Facebook, WhatsApp, Twitter. La intimidad modificada, vinculada a ello. La vida así ordenada. El cara a cara, el contacto, se subsume ahora —se pliega— a esta nueva disposición de las cosas. Y en ese mundo traza Javier Moreno una panorámica inagotable, como si cada reflexión pudiera dar pie a otra y así hasta no se sabe dónde, quizá hasta que la propia historia diga basta, sin que ello signifique que las impresiones que han ido formando el camino se acaben ahí. Como si el propio transcurso del día ofreciera motivos de reflexión que se superpusieran a los hechos, a la trama; el pensamiento termina siendo esa trama, algo que circula sobre un ligero pretexto y que sirve para retratar, desde una posición personal y agudísima, el funcionamiento de nuestro tiempo, la rabiosa actualidad interconectada, redefinida.

   El conflicto planteado se da en ese marco, y es ahí donde Javier Moreno despliega su juego y sus ideas, donde puede manejar a un tipo movido con cierta desafección que entiende, con todo, que más allá del imperio de la razón hay cosas regidas por las emociones y que estas también crean mundo, conforman causas, a su manera. Un tipo que parece tener del todo asumido que pensar es un acto de resistencia, y que difícilmente va a salir airoso de todo esto si no es por ese camino, aunque las cosas no pinten bien. Es en ese filo donde el narrador se juega su estabilidad, donde intenta —un poco ecléctico, audaz, con el eco de un agrio humor de fondo— salir bien parado, sin que el terrorista ni las tecnologías ni la fatídica frase lo devoren.


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