lunes, 7 de marzo de 2016

«La noche del oráculo», de Paul Auster



   Ésta puede ser la historia o la crónica de una resurrección y de una condena, quizá. Es también una de esas historias múltiples —algo dispares, algo ambiciosas, algo inacabadas— que juegan con la escritura para manifestar, de alguna forma, la inevitable fluctuación o influencia, en cierto sentido, entre realidad y ficción, pero también las fronteras que hay entre ambas y la actividad, cerebral y emocional, del sujeto consciente —el escritor— que entre ellas se mueve.

   Sidney Orr es un joven escritor que sobrevive, contra todo pronóstico, a una enfermedad que lo ha tenido alejado de la escritura. Esa suerte de regreso lleva a cierta obsesión por la escritura y pone en marcha una especie de azar determinante para el desarrollo de la historia. Orr escribe una novela y, probablemente, vive una novela. Es también probable que una influya en la otra y que haya otras historias ligadas a estas, funcionando a la vez, moviendo algún tipo de resorte inconsciente. Ha vuelto el instinto literario, la búsqueda de algo en el fondo de una historia, en los cimientos de la narración. Parece necesario, por otra parte, atender a la enfermiza idea literaria instalada —sutil, silenciosamente— en la cabeza de Orr: uno no puede escapar de la historia, uno no puede dejar de escribir, ha de hacerlo como demostración de poder, como autorreconocimieto de cierta capacidad esencial: escribir, hacer mundo, vivir. Esto tiene, muestra Orr, consecuencias: las palabras matan, las palabras matan, las palabras matan. La escritura es, en algún sentido, profética. En algún sentido, entonces, hay que apartarla, saber distinguir la amenaza, impedir la invasión, si se puede o si es posible.

   Auster maneja con notable solvencia el juego entre distintas historias, la tensión, el pasado como parte activa en el presente, ciertos símbolos que actúan como claves de todo el engranaje. Diría que es una historia con lagunas, imperfecta pero atractiva, cargada del magnetismo que casi siempre desprende Auster, hecha con una facilidad inmensa para avanzar sin obstáculos entre distintos planos, para transmitir significados, para arrojar luz, desde la literatura, a los deseos y a las pasiones humanas inscritas en la narración.


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