domingo, 3 de abril de 2016

«2666», de Roberto Bolaño



   2666 es una obra asombrosa, inmensa, única, un vastísimo cementerio donde cabe todo —incluso los lectores—, un salto al vacío, un vacío rodeado de voces y ecos y rastros de totalidad. Hay búsquedas —quizá una búsqueda eterna—, ausencias, conjeturas, teorías, multitud de ideas, multitud de sucesos, multitud de formas de vida y de formas de mirar el mundo, de hablar y de callar. Es una obra completa por mucho que Bolaño muriera antes de acabarla, porque difícilmente puede concebirse un final más adecuado o más justo o más convencional que el que tiene: un final que da fin a la novela sin dárselo, dejándole espacio para seguir respirando como un gigante terrible, monstruoso, lleno de recovecos, eterno. 2666 es un torrente narrativo inigualable que lo contiene todo, probablemente sin tomarse nada demasiado en serio y penetrando en los órganos vitales del mundo y de la literatura y de los escritores y de los lectores y de la Historia y de la humanidad y del mal.

   Bolaño se zambulle en un terrible caos y va escribiendo y escribiendo y sus personajes e historias se dirigen como de forma inevitable hacia algún punto secreto y poderosísimo, un punto que tiene su parte física o material y su parte no material. Bolaño ordena lo inordenable, y le da sentido, a su manera. 2666 tiene trama, pero quizá sea lo de menos o sea el telón (el enorme telón) que posibilita el funcionamiento del todo. Cinco partes: en la primera, cuatro críticos literarios se lanzan a la búsqueda del misterioso escritor alemán Beno von Archimboldi; en la segunda encontramos el relato de un curioso profesor de filosofía en Santa Teresa, centro físico neurálgico de la historia; en la tercera parte un periodista deportivo viaja a Santa Teresa para cubrir un combate de boxeo; en la cuarta parte hallamos una sucesión de asesinatos de mujeres (en los que parece hallarse el secreto del mundo) en Santa Teresa, una espiral que parece no tener límite; en la quinta parte se narra la vida de Beno von Archimboldi.

   Con ellas gira toda una serie de historias fragmentadas y de referencias internas y externas sobre las que avanza el conjunto de la historia hacia algún destino desconocido, probablemente desolador. A veces uno tiene que pararse a respirar y a mirar con distancia, a asimilar el paisaje al que asiste. La delgada frontera que separa el sueño de la realidad juega un papel importante, quizá en segundo plano, como un punzón que atraviesa la piel y susurra cosas, quiere, intenta decir, inocular algo mientras uno no puede sino seguir avanzando y el tiempo no puede sino seguir sucediéndose. Las cinco partes de la novela se complementan de una manera prácticamente irrenunciable, aunque oculta. Alguna fuerza que fluye por el subsuelo narrativo las va conectando desde distintos ángulos e incluso desde distintos tiempos y les va dando una forma absoluta y devastadora. Comparten formas, mundo, aunque habiten en diferentes estratos o aunque no sepan qué ocurre ni siquiera donde habitan. Comparten, todos ellos —todas las ramificaciones y voluntades e investigaciones un destino, un abismo. 2666 Es una novela absolutamente despierta, consciente, que juega con el riesgo, que tantea el peligro. Pero de forma descomunal, inconmensurable. Es un libro del que uno no puede salir intacto, tiene que hacerlo un poco más destrozado y un poco más herido, como si llevara mucho tiempo luchando a la intemperie sin ayuda ninguna. 

   En algún momento dice Bolaño que escribir no tiene sentido si uno no está dispuesto a escribir una obra maestra. Puede ser exagerado, intencionalmente exagerado, pero Bolaño es un narrador con una resistencia definitivamente extraordinaria, salvaje, que sabe canalizar obsesiones, motivos y ausencias, tensiones y golpes violentos y reflejos de forma incontestable, y 2666 es una de las cosas más significativas y más inabarcables que le ha pasado a la historia de la literatura de nuestro tiempo, o algo así.



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